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ॐ BUSCANDO RESPUESTAS EN EL SILENCIO

 

RETIRO DE SILENCIO EN UN TEMPLO BUDISTA

 

¿Conoces esa sensación en la que no sabes muy bien qué es lo que quieres hacer con tu vida? ¿Que no tienes claro hacia dónde ir? Bueno, pues eso es más o menos lo que me pasaba a mí hace unas semanas. Me quería ir de vacaciones, pero no sabía a dónde, tenía claro que quería tranquilidad y paz, pero no sabía dónde encontrarla, si irme a seguir contemplando el mar, a otro retiro, al medio del monte a meditar en soledad. Incluso me planteé la posibilidad de irme a un monasterio católico de los que ofrecen hospedaje en busca de esa paz y tranquilidad que tanto ansiaba. Y no sé muy bien cómo, cosas del azar, del destino o tal vez del Karma, acabé en Málaga en un centro Budista haciendo un retiro de silencio.

 

Si lo piensas fríamente, dices ¿Qué se me ha perdido a mí en un centro budista? ¿Qué me voy a encontrar allí? Bueno, pues da igual todo lo que te hayas planteado antes de ir, porque una vez que traspasas la puerta de entrada, es tal la paz que sientes, que ya comienzas a sentir que todo tiene sentido, que ese es el lugar en el que tenías que estar en ese momento.

 

Y según vas conociendo a las personas que forman parte de ese lugar, la evidencia se corrobora, la forma en la que te acogen desde el primer momento, como cuentan contigo para las distintas actividades y siempre desde la más completa libertad, a tu propio ritmo y respetando el momento, sobre todo evolutivo en el que te encuentras.

 

Son muchas las cosas que me han gustado e incluso sorprendido durante los días que he estado aquí, pero algo que me ha encantado, es la forma de ver las cosas que tienen, siempre desde el amor, desde el corazón; en todo ven la belleza y la bondad. Es maravilloso encontrar gente así.

 

Y durante los días que permanecí en silencio, el respeto y la protección que sentí por parte de cada una de ellas es indescriptible.

 

Porque una vez más, de todo lo vivido en estos días, me quedo con la gente, las personas son las que hacen que las experiencias, las aventuras, sean únicas e irrepetibles. He de decir que me he sentido súper integrada desde el primer momento. Yo iba buscando paz y tranquilidad, y desde que llegué, ya al entrar por la puerta, sentí una paz tremenda. El trato que he recibido por parte de todas y cada una de las personas que me fui encontrando esos días, fue increíble.

 

Cada una de ellas me ha aportado una lección, un aprendizaje; ya no solo a nivel teórico o intelectual, satisfaciendo cada una de mis preguntas (que no han sido pocas), sino lecciones de vida. En cada una he visto una forma de afrontar las distintas situaciones de la vida, de una forma distinta a la habitual, a la convencional. Y me ha encantado poder observar como la felicidad, la plenitud anida en cada una de ellas. Como la simplicidad puede reportar un mayor gozo del que tal vez esperamos, incluso cuando nos complicamos la vida.

 

De modo, que gracias a todas y cada una de las personas que me he ido encontrando a lo largo de estos días, por todo ese calor, porque verdaderamente me he sentido como si siempre hubiera estado allí, como si estuviera en casa, y soy consciente de que esto ha sido posible gracias a ellas. Gracias Jima, Cristina, Olga, Guen Tharpa, Diana, Emma, Virginia, Fran, Mikel, Jose, Oscar, Tsultrim, Tania, Michelle, Marck… y por favor perdonadme todos aquellos cuyos nombres no aparecen aquí, porque aunque se han ido fugando de mi mente, vuestras caras y vuestro recuerdo permanecerá en mi por más de una vida, estoy segura.


 

Pero bueno, por si te lo estás preguntando, te cuento brevemente en que consistió mi estancia de 7 días en el Centro de Meditación Kadampa de Málaga.

 

Me levantaba a las 6:40 de la mañana, desayunaba y a las 7:30 horas, los dos primeros días acudí a la puyha diaria que tiene lugar en el centro: “la Gema del corazón”, los siguientes días opté por meditar sobre la hierba fresca del Alba, mirando al Este y dejando que los rayos del Sol fueran iluminando mi cuerpo y mi Alma a medida que este iba ascendiendo por el cielo.

 

El primer día como todavía llevaba mi actividad habitual impresa en mi mente y en mi cuerpo, me fui a correr 50 minutos, luego otros 50 minutos de yoga, ducha y a las 11:00 a meditar a la gompa de Buda VajraYoguini. Después otra hora de yoga y un poco de piscina.

 

A las 14:00 era la comida y nos juntábamos todos a la sombra de un ciprés a comer. Aquí era sobre todo donde yo aprovechaba para preguntar cosas, ya que todo para mí era nuevo, nunca antes había estado en un templo budista, ni había acudido a ninguna Puyha. Fíjate hasta qué punto llegaba mi desconocimiento del budismo, que yo creía que Buda solo había uno, y no multitud de ellos, como parece ser el caso.

 

De 15:00 a 17:00 aprovechaba para descansar un ratito. Y a las 17:00 volvía a hacer yoga, meditación y otra vez piscina y una ducha.

 

A las 20:00 otra vez a meditar. Me tomaba una infusión sentada tranquilamente en algún lugar tranquilo, y aprovechaba para leer o escribir algo. Un poco más tarde ya cenaba y me iba a mi cuarto a seguir con mi contemplación.

 

Esta era la tónica general, pero luego cada día tenía su chip que hacía que fuera único. El día que llegué tuve la suerte de que me invitaran a ir a Fuengirola, a la clase de meditación impartida por Guen Kelsang Tharpa, me encantó, ¿Qué puedo decir?, no es que dijera nada que no supiera, o que no hubiera escuchado antes, pero a veces cuando las cosas se dicen desde la más pura sencillez, sin tantos adornos ni ambages, se puede conseguir que el mensaje llegue más claro si cabe.

 

El martes fue en el propio centro, donde se impartió la clase de meditación, y aunque ya sabía más o menos cómo iba a ser, aún me gustó más que la del día anterior.

 

Y el miércoles fuimos a Arroyo de la Miel, en Benalmádena, increíble la cantidad de gente que asistió a la clase de meditación y una vez más Guen Tharpa nos deleitó con una enseñanza acerca de la Felicidad, esa felicidad tan anhelada en pos de la que tantos vamos: “Si dirigimos toda la energía hacia el exterior, estamos perdidos, porque donde estamos buscando la felicidad, no está” esta es una de las frases que resonó en mí “la tecnología de la meditación es la que nos permite conectar con esa paz interior e ir creando esa felicidad poco a poco”.

 

Desde el jueves, hasta el sábado al mediodía permanecí en completo silencio, me colgué un cartelito al cuello que decía “Estoy en SILENCIO” y me dispuse a disfrutar de ese Silencio tan necesario a veces, ese Silencio en el que se hallan todas las respuestas. Porque ha tenido que ser en un retiro, ha tenido que ser en silencio, donde la única que está en silencio soy yo, donde he comenzado a darme cuenta tal vez de demasiadas cosas a la vez.

 

Por un lado es una sensación “interesante”, me ha llamado la atención la forma de actuar de la gente que me rodeaba, primero me saludaban alegremente y en cuanto veían el cartel colgado sobre mi pecho, decían: “Upps, Sorry”, a partir de ese momento pasaban a mi lado como si no estuviera, parecía incluso como si estuvieran enfadados conmigo, o con el mundo, no lo sé.

 

Porque no se trata sólo de estar en silencio, sino de evitar en la medida de lo posible todos los estímulos externos; y tal vez, ahí resida la verdadera dificultad, en aislar o retraer tus sentidos (Pratyahara), en ir hacia el interior, observar lo que hay dentro, qué es lo que te mueve, qué es lo que sientes y cómo te sientes.

 

En esos días reduje al máximo todos esos estímulos, sólo me dedique a meditar, a hacer un yoga consciente, aún más meditativo que de costumbre y a barrer las hojitas de los árboles que se iban cayendo. Y sobre todo a la contemplación; a sentarme junto al árbol Bodhi, en un sillón de la salita de estar y a contemplar sin racionalizar, sin juzgar: simplemente observar.

 

También fue interesante la acogida cuando me quite el cartel, fue como una bienvenida, como si me hubiera ido lejos, como si lleváramos tiempo sin vernos y fuera un reencuentro, fue una sensación de verdadera calidez.

 

El sábado por la tarde me invitaron a asistir a una Puyha con ofrenda de Tsog, algo muy curioso: el Tsog es una asamblea de héroes y heroínas. La ofrenda de Tsog es muy importante para renovar los compromisos y evitar los obstáculos. Es un método especial mediante el cual nos ponemos bajo la guía de los Dakas y Dakinis (Héroes y heroínas). Nuestra salud y méritos aumentan al realizar esta práctica. Antes del Tsog se preparan varios platos y fuentes con frutas, dulces y diversas viandas que las distintas personas han aportado como ofrenda. De entre todos estos platos, dos se preparan de manera más vistosa para que tengan un especial protagonismo en la mesa. Estos son el plato del Gurú y el del maestro. Después de finalizada la Puyha, nos reunimos todos fuera del templo y compartimos la fruta y alimentos que se habían ofrecido.

 

El domingo por la mañana discurrió de la manera habitual: desayuno, meditación, barrer las hojas de los árboles, infusión, yoga, piscina, meditación a las 12, comer a las 2 y descanso hasta las 4.

 

Me ofrecieron la increíble posibilidad de poder asistir como espectadora muda del programa de enseñanzas budistas que imparten regularmente en este centro. He de reconocer que me resultó fascinante observar el interés y la verdadera avidez de aprendizaje que emanaba de cada uno de ellos. Da gusto ver a gente que no solo tiene ganas de aprender, sino también de compartir con los demás no solo sus conocimientos, sino también sus incertidumbres. Fue apasionante, de verdad.

 

Después de esta clase, estuve compartiendo opiniones con algunas de las personas que habían formado parte de la misma, me fui a duchar, cené algo y a las 9 había quedado con Cristina, la maestra de retiros para la última meditación de mi estancia aquí. Un último regalo, el broche a una semana especial repleta de regalos.

 

El lunes por la mañana, después de desayunar, recogí todos mis bártulos y me dirigí a la parada del autobús, a coger el autobús que me llevaría a mi siguiente destino, porque todo en esta vida es cíclico y está en continuo movimiento. No tiene sentido aferrarse a las cosas, hay que continuar caminando. Y además tuve la suerte de pasar el día recorriendo las calles de la que fuera ciudad fenicia, con Virginia, una argentina viajera, llena de entusiasmo y alegría de vivir. No sabes cuánto he aprendido también de ti; gracias. Increíble la paciencia que habéis tenido sobre todo Fran y tú respondiendo en todo momento a mis incesantes preguntas, habéis hecho méritos para todo el año, seguro.

 

Buen día y feliz caminar.

 

Om Shanti