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ॐ PINTANDO EL MANDALA DE TU VIDA

 

SOMOS CREADORES Y CREADORAS DE NUESTRA PROPIA REALIDAD

 

Somos creadores y creadoras de nuestro propio mandala; a cada pincelada vamos dando color y forma a las vivencias de cada momento.

 

La creación de un mandala, es la creación de un camino, de un recorrido que no es otro que el recorrido de nuestro propio y único devenir.

 

Comencé a perfilar mi último mandala con ilusión, con la ilusión del reencuentro. Con ganas de reencontrarme con las estrellas de una constelación alada formada hace tan solo un ciclo, donde cada una de las estrellas había seguido brillando en su propio cielo, dando luz a las nuevas estrellas que se fueron acercando para ampliar esta constelación.

 

A pesar de la ilusión, los trazos de mi mandala no eran fuertes, sino más bien tenues, más no por ello dejé de brillar junto a mis queridas estrellas, ya que cuando se comparte la luz, esta se intensifica exponencialmente, dotándonos a todas de más luz que la que ya poseemos de por sí.

 

Pero como todo en el universo, el mundo de las constelaciones es infinito, y el cielo está lleno de estrellas: estrellas nuevas y estrellas viejas, satélites que a veces no se ven y que a veces crecen o menguan, así de caprichosos son. Y sin embargo, todas ellas, todos ellos, ansiando irradiar su luz a quien la necesite, a quien la acepte, a quien se pare a contemplarla.

 

Un mandala es un diagrama simbólico que representa la evolución del universo respecto a un punto central. Yo no sé cuál es ese punto central, ese eje alrededor del cuál se orquestan todos los acontecimientos que conforman nuestra historia, pero en ocasiones siento que todo estuviera planeado de antemano, con eones de antelación, como si cada encuentro, cada piedra en el camino estuviera ahí con un propósito particular y preestablecido.

 

Seguimos caminando, y el mismo día en que nos despedimos de nuestra pequeña constelación, comenzamos a crear, a dar luz a una nueva constelación, formada por estrellas sabias, con grandes mensajes que brillar a su alrededor; estrellas mensajeras que fueron dibujando nuevos trazos del mandala de la vida, dotándolo de color, haciendo que chispas radiantes y húmedas fluyeran de las ventanas abiertas al infinito. Se abrieron armarios en los que hacia cientos de primaveras se marchitaban ocultos, lagos con forma de corazón y superficie cristalina en la que se vislumbran las piedras del fondo.

 

Y es que hace tiempo que la superficie de estos lagos se aquieto, que las ondas concéntricas que conformaban el mandala de la vida se diluyeron en el espacio acuoso, dotando sus aguas de la magia del símbolo, de la magia de la presencia de seres alados que descienden del firmamento para pasar a gestar constelaciones terrenales.

 

En ocasiones es difícil reconocerlos, pero si te fijas bien, estos seres hacen magia allá por donde caminan, allá por donde vuelan. De hecho, muchas veces, ni siquiera ellos son conscientes de su magia, de cómo cambian la vida y la luz de cada una de las  estrellas con las que se cruzan en su camino. Y así, de puntillas, esparciendo chispitas de luz a cada paso, van colándose por todos los rincones, hasta que de repente llega un día en el que el mandala que coloreabas va definiendo sus trazos, haciéndose más fuertes, tomando color, llenándose de luz sanadora y brillante.

 

Estos seres mágicos están por todas partes, formando parte de una intrincada red, que no es posible distinguir a simple vista, ya que los ojos humanos no pueden abarcar toda la magnitud de nudos que la mantiene unida. Y es que todo tiene sentido en el telar de la vida, pero hay que mirar el dibujo completo, porque las piezas sueltas a veces carecen de sentido. Hay que cerrar los ojos físicos y abrir los ojos del alma, dejar que lo que es real nos inunde y anegue los párpados que darán lugar a los lagos de nuestra vida. Unos lagos que aunque hayamos guardado en algún recóndito lugar de la memoria junto a fantasmas y vientos procedentes de nuestra particular caja de Pandora, seguirán llenando nuestro mandala del frescor del rocío que empapa cada flor al nacer el alba. Lagos en los que poder pararse a descansar, cuando el ruido de fuera ya no es soportable.

 

Y a pesar de la fuerza y de la luz que encontré entre los valles y lagos de Ordino, no conseguí terminar de pintar mi mandala, de algún modo sentí que allí no estaba el final de este trocito del viaje, que necesitaba más colores para ir rellenando los huecos entre las líneas. De modo que volví a emprender un nuevo viaje, una vez más hacia las montañas y junto a otro lago. Buscaba paz y tranquilidad, pero el universo no te da lo que quieres, sino lo que necesitas


Me senté al pie de una Secuoya centenaria, no le conté mis penas, pero si dejé que su fuerza y su calor me abrigarán durante unos días en los que a pesar del calor del ambiente, sentía frio y cansancio en lo más hondo de mí, como si una fuente de la que manaba agua a raudales, se hubiera secado.

 

He tenido la gran suerte de que las personas con las que he coincidido en torno a los fuegos de Saint Gaudens, me han dado todo el tiempo y el espacio que he necesitado para ir cogiendo fuerzas poco a poco, para descansar y escuchar el ritmo que mi cuerpo y mi mente me pedían en esos momentos. Cocinar cada día para más de 100 personas, alimentar el cuerpo y el alma con alimentos cocinados con amor, pensando en los demás. El altruismo y la entrega que las personas que llevan este lugar prodigan a cualquiera que se acerque hasta sus fogones, me hace darme cuenta de lo afortunada que soy por poder disfrutar de experiencias como esta, compartidas con gente amable y generosa.

 

Muchas de las personas que se acercan hasta aquí, lo hacen porque ya no hay esperanza, o porque la solución que les dan la vida y la medicina convencional no es demasiado halagüeña, y se resisten a dejarse llevar por un pronóstico nefasto.

 

He visto en los ojos de las personas que me rodeaban, un atisbo de fe y de esperanza, de querer creer que las cosas se arreglaran, que la vida puede ser un lugar en el que vivir sin dolor. He visto a personas que satisfacen día a día esa necesidad de esperanza, haciéndola realidad y me ha conmovido ver la entrega incondicional, ese darlo todo sin esperar nada a cambio. Son muchas las formas en las que llegamos al alma de las personas, y lo que se escribe en el Alma de alguien… se escribe para siempre.

 

A mi regreso, paré en el santuario de Lourdes, nunca había estado y ya que me pillaba de paso, me apetecía parar un rato. Y tengo que decir que me ha sorprendido enormemente, he estado en muchos santuarios, pero en ninguno he visto tal afluencia de gente como en este; al menos no tantas personas con problemas físicos tan patentes a simple vista.

 

Sobre los adoquines que pavimentan el suelo de sus calles y de sus basílicas se arrastran minuto tras minuto cientos de pies, que llevan en las suelas de sus zapatos la misma esperanza que venía viendo a lo largo de estos últimos días. Y he visto esa misma entrega, en ojos sonrientes y en manos que dan sin esperar. He visto personas que acompañan, que sonríen, que regalan tiempo… sin duda eso son los más maravillosos regalos que nadie puede hacer, y me quedo con eso.

 

Comencé el último tramo de mi periplo vacacional, ya de regreso a casa, haciendo balance de estas últimas semanas, de cómo comencé el verano y cómo estaba en ese momento. Replanteándome mis nuevos pasos y cómo enfocarlos. Y sobre todo dándome cuenta de todos los regalos que me ha hecho la vida, no solo en estos últimos días, sino a lo largo de todo el año. Y los mejores regalos que hace la vida, son las personas que nos acompañan en el camino. A veces es tan solo un trocito del camino, hasta la siguiente esquina, y así está bien.

 

Yo creo que estos, son esos seres alados de los que te hablaba al principio, que vienen a recordarnos algo, a darnos algún mensaje, a pedirnos que sigamos viviendo, que no renunciemos a lo que de verdad importa, a lo que de verdad nos hará felices. Y tal como vienen, llenándolo todo con su magia, cuando llega su momento se van. Tienen tantas cosas por hacer, tantos mensajes por dar, que sería imposible pedirles que se quedaran a caminar un poquito más con nosotros; ya que les esperan en algún otro lugar del firmamento, en alguna otra constelación. Y sin embargo su estela permanece, son como los cometas, que dejan una lluvia de estrellas a su paso por nuestra vida, llenándola de luz y de magia. Y de vez en cuando, cuando te descuidas, puedes sentir como esa lluvia de luz mana de tus ojos en honor a la luz que dejaron en otro tiempo, en otro lugar, junto a otro lago.

 

Este es un artículo raro. Hacía tiempo que no escribía en la página web, más por falta de tiempo, que por no tener algo que compartir. Pero quería poner en palabras, o más bien en “símbolos” alguna de las experiencias de estos días. De vez en cuando escribo cosas sueltas en instagram, pero me apetecía unir todas las piezas que conforman el tapiz, y aunque es posible que no se entienda gran parte de lo que he tratado de pintar en palabras, sé que por fin, hay cosas que han cobrado sentido.

 

He descubierto una nueva forma de ver las cosas, tal vez hasta de vivirlas. Sigo sin saber si el eje alrededor del que todo gira, sigue en el mismo sitio en el que estaba cuando comenzó esta aventura, pero yo creo que sí, que todo está orquestado.

 

Hoy termino este artículo y hoy termino de pintar mi mandala, un mandala, que no comenzó hace quince días, es un mándala que comenzó hace mucho tiempo, más del que pueda recordar con mi mente humana.

 

Son muchos los mandalas que aún nos quedan por pintar, por esbozar, por comprender… pues este no es más que un mandala dentro de otro mandala. Un círculo dentro de otro círculo mayor, rodeado de otros círculos como él, que se entrecruzan, que se acarician, que a veces hasta se empujan reclamando su espacio. De modo que seguiremos pintando el lienzo de nuestra vida con los colores que elijamos, dándole la forma que en cada momento sintamos nacer de nuestro interior.

 

No dejemos que otros pinten nuestro mandala. Seamos creadores y creadoras de nuestro propio mandala.

 

Sat Nam